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Sumisión

. 11 de abril de 2007
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: decisión de permanecer en un estado hostil por imposibilidad de ver un futuro distinto por comodidad o por experimentar una ceguera emocional.



Oscura habitación en la lejanía del mundo, ruido a huesos colisionándo, pensamientos fortuitos y sensaciones extrañas. Corazón cegado.Decisiones erradas y caminos inciertos. Perdidos en el tiempo finito, escapados de una pesadilla los hechos se suceden. La razón de un latido, ajeno al duelo, se escapa en los silencios. Las miradas ocurren pero no son vistas. Las palabras se pierden en el abismo. Abismo oscuro.



...

Unos hermosos ojos fuera de orbita.
Los perfectos dientes apretados con fuerza.
La respiración furiosa.

Del cuerpo emanaba pasión.
Los músculos brillaban a la luz de la luna que se colaba por la ventana.
El pecho latía fuerte debajo de la piel.

Una gota de sudor le recorría la cara,
y caía para dejar paso a la siguiente.
La piel estaba tersa, pero resbalosa por el calor.

Yacía bajo su fuerza.
Las manos apretaban el cuello con desesperación.

La sangre presionaba por debajo de la sien.
El perfume era mas intenso.
Los ojos eran ahora mas grandes.

No ofrecía resistencia.
Es como debía ser, como quería.

...
...

La cara que él veía era de aceptación, de sumisión.
Ver eso le molestaba aún más.

...
...

Casi no había oxígeno ya.

Su vista se nubló y él se perdió en la bruma.

Justo cuando la nube se hizo mas oscura, cuando lo dejó de ver, apareció una duda.

¿Porqué?

...

El perro

. 15 de febrero de 2007
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Te vi, sudabas, arrastrando con algo de odio un perro, de esos chiquitos que entran fácilmente en un bolso, bueno, no tan chico.

No pensé que fuera tuyo. Pero me molestó como lo tratabas. Lo insultabas.

Me gustaste.

Estacioné, y me acerqué a tu lado. Te saludé y te pregunté si te dabas cuenta que estabas maltratando al pobre perro.

Me dijiste con una voz fuerte y sensual, que era un perro jodido, y que nunca te quiso. Que te rompía las zapatillas, que te ladraba cuando llegabas y cuando te ibas. Que te orinaba las cortinas y cualquier cosa tuya (y sólo tuya) que dejaras en el suelo.

Me reí sutil y pícaramente de tus desgracias con el pequeño can.

Me incliné y acaricié al pequeño neurótico. Con palabras dulces le acaricié el lomo y entre las orejas. Él sólo movía la cola complacido.

Entonces vi mi oportunidad. Y te dije tramposamente que el pobre perro te quería demasiado, que por eso te celaba todo el tiempo.

Te reíste. Y cuando viste que yo no me reía ni me retractaba, te percataste que no era un chiste.

Te propuse demostrártelo. Dije que él te va a proteger si alguien te quiere lastimar; pero no quiero lastimarte para demostrarte que estoy en lo cierto. Para que veas que te quiere, insistí, te puedo hacer unas caricias, y si él reacciona y me muerde, te vas a dar cuenta que es de celoso que te molesta tanto.

Asentiste, casi hipnóticamente, instantáneamente.

Acerqué mi mano a tu cara lentamente. Acaricié tus pómulos con las yemas de mis dedos. Acaricié tus labios, tus orejas, tu cuello.

El perro nada. Se quedó sentado, pétreo.

Quizá esto no lo perturba, en definitiva es una caricia inocente- dije suavemente. Si me dejaras seguir, seguramente reaccionaría y me mordería- susurré luego, casi acariciando tu oreja con mis labios.

No emitiste ninguna palabra.

Tiernamente mis labios acariciaron los tuyos, sentías mi respiración sobre ellos y yo sentí que no respirabas. Me acerqué un poco mas y te besé con pasión. No te lo esperabas, pero no desististe a mi beso. Tomé tus caderas con firmeza y te aprisioné junto a mi. Con una de mis manos acariciaba tu cuello, con la otra, tu cintura.

Sentí un fulgor saliendo de tu cuerpo. Y tu perfume invadía todo mi ser.

El perro ladró. Pero no te detuviste. Ahora eras vos quién me tomaba por la cintura y el cuello, casi fundiéndonos.

Sentimos un tirón de la correa, y el perro saltaba contento. Caminamos un par de cuadras siguiéndolo, hasta que llegamos a la plaza.

Nos sentamos en un banco mientras el perro correteaba feliz a nuestro alrededor.

Nunca más te quejaste de que te mordiera las zapatillas.

.

No vine desde lejos,

y no pensaba quedarme mucho.



Mi intención no era darle letras a tus canciones,

mi intención era compartirme a tu lado.

...


Desde lejos una brisa

Desde lejos un beso



Visita fugaz, cándida e inconsciente

. 23 de enero de 2007
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Nos cruzamos.
Te sonrío, me sonríes.
Extiendo mi mano, Kaitos, digo.
Aprietas con sorpresa, me dices hola y tu nombre.

El sol arde a mis espaldas,
las nubes cruzan el cielo,
y un perfume a pan recién hecho,
se confunden entre el fresco de los pinos y eucaliptos.

Sigues sonriendo,
Me tengo que ir, mascullas,
pero no sueltas mi mano.
Me dices que fue un placer.

Yo respondo, siempre es un placer,
y me alejo caminando despacio.

Tú esperas que dé unos pasos,
y con cara de sorpresa y asombro,
me llamas por mi verdadero nombre.
Nos conocemos? , dices.

Esa noche te acordarías.

Te cuesta dormirte,
la excitación te embarga.
El estupor recorre tus piernas,
hasta llegar a tu vientre.

Con un sobresalto te despiertas,
la transpiración invade todo tu ser.
Un ardor recorre raudo tus entrañas
Gimes sin saber porqué.

Caes en la cama nuevamente.
No hay nadie mas a kilómetros de distancia,
en una habitación solitaria,
algo que no ves se apodera de tí.

Sientes mi mano llegar desde muy lejos a acariciarte.
suavemente desde tus pies,
sube lentamente,
una brisa suave se anticipa al tacto.

La humedad perfora el aire,
tus ojos cerrados,
tu boca abierta,
recibes estrepitósamente el calor.

Descansas sin órbita,
y sin poder encontrarme en la oscuridad de la habitación.

El placer es todo tuyo.
Sólo tuyo.
...
La próxima vez,
te prometes coraje.
La próxima vez,
probablemente no seré yo.

The entrancing Flame

. 4 de enero de 2007
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Heymer
Continúo con Ella, con sus ardorosas necesidades en la facultad -






Era una clase aburrida, lo sé. Pero nunca imaginé que los acontecimientos de esa mañana derivaran en tan extraña situación.




En el anfiteatro el constante murmullo de los cautivos estudiantes, era obviado por una profesora que pretendía explicar temas inéditos para ella. Algunos hacían el intento de seguir sus divagues a través de las membranas y organelas. Pero para la mayoría la penumbra cómplice del salón volvía a la clase una actividad insostenible.


Entre todos los asistentes, Ella sobresalía cerca del fondo del aula. No sólo porque había llegado tarde, sino porque a pesar que el frío se hacía sentir, Ella se abanicaba sonoramente con una guía de trabajos prácticos.


Su intención no era otra que la miraran. Siempre lo sospeché, pero no me imaginaba con qué inteciones estaba buscando la atención. En un principio pensé que sólo lo hacía para que todos supiéramos que estaba alli, como si a algún ser humano se le pudiera escapar su presencia.


Desde mi ubicación pude observar todos sus movimientos al detalle. Mientras se acomodaba el pelo, jugaba con sus labios, y refregaba sensualmente sus piernas una con otra.


Se reclinó hacia adelante y pude observar como soplaba eróticamente la nuca al afortunado muchacho que se encontraba en la butaca de adelante.


El jóven se sobresaltó, y creo que hasta la llegó a rozar con el manotazo que pegó de la sorpresa.


Ella se retiró y le guiñó un ojo. El no entendía nada y sonriendo se volvió, tratando de volver a prestar atención a las palabras de la profesora.


Acomodándose en el asiento, Ella se mostraba confiada. Con una mirada de convicción y revancha aguardó unos instantes, al cabo de los cuales se volvió a inclinar suavemente hacia su compañero, y descaradamente le besó la nuca. El giró la cabeza molesto en un principio, pero al ver la cara derrochante de deseo y placer de Ella se volvió a acomodar, ahora preparado para que Ella continuara.


Ella regresó a su interés, pero con una mirada distinta, más provocativa y malvada.


Le paseó su lengua por la nuca y jugó sensualmente con las orejas del ahora excitado joven. Apoyó su mano en el hombro y lo comenzó a acariciar lenta pero certeramente. Lo presionaba hacia ella, lo atraía a su boca de fuego. En un instante lo oí gemir, un gemido intenso pero ahogado. Ahora ella paseaba su mano por su cuello y lentamente se dirigía a su pecho debajo de la camisa.


Me percaté que Ella se estaba acariciando lujuriosamente con su otra mano, se tocaba por sobre la tela de sus jeans, pero ferozmente, como si se los quisiera arrancar. Sus ojos estaban desorbitados, pero cuando miraba infundía temor. Estaba encerrada en su placer, sus ojos ardían, como lo hacía todo su cuerpo.


Empecé a mirar al afortunado joven, de pelo castaño, bastante bien formado, por lo que podía presumir que era rugbier. Mantenía los ojos cerrados y tragaba saliva entre sus respiraciones entrecortadas. Estaba en su clímax, y Ella se encargaba de hacerlo persistir, con sus mordiscos y sus caricias.


La mano se perdió dentro de la camisa, llegando a su cintura, en una posición bastante incómoda a la vista, pero ambos seguían en su trance como si fuera algo natural. Ella lo obligaba a girar la cabeza con sus movimientos y lo besaba frenéticamente. Se refregaba su cara en la de él. El buscaba con su boca y con su lengua regresar al calor de su aliento, la calentura no le dejaba abrir los ojos. Ella se lo ofrecía solo de a ratos, como un premio.


Ella gemía suavemente, y los espectadores la sentíamos vibrar. Su calor se expandía por todo el anfiteatro y ya quedaban pocos que no se percataran de la situación.


Él respiraba con contracciones cortas, eran mas las pausas y gemidos que su respiración. En su cara solo se veían expresiones de placer, ese dolor placentero. Sus manos buscaban con torpeza liberar algo de presión, pero le resultaba difícil liberarse con la mano de ella tomándolo furtivamente. El clímax podíamos sentirlo en el aire. Ella gozaba. Exhalaba gemidos mudos. Se notaba que se esforzaba por callar sus gritos. Su otra mano ahora estaba perdida en lo mas fulguroso de su ser. Los sentí llegar. Fue intenso. Él había alcanzado a liberarse de la esclavitud de sus pantalones, segundos antes que todo terminara. Ella duró más. Reiteradas veces pensé que llegaba al fin, pero volvía a expresarse una y otra vez.


Se regodeaba con la labor cumplida, aún gemía y un sudor le recorría todo el cuerpo cuando la profesora dió por terminada la mejor clase del año.

En el semáforo

. 20 de noviembre de 2006
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Verde

Amarillo

Rojo

Acción!

Hace rodar una bola de cristal por sus fuertes brazos.
Recorre su nuca con destreza.
Baja hasta su mano sin pestañear.
Regresa por dónde vino, se detiene un instante en el aire.
En sus ojos celestes se refleja el cristal.

Ella lo mira.

Atraviesa su torso transpirado.
Cae rodando siguiendo una gota de sudor.
Se pierde en su pecho, rueda siguiendo las leyes de la gravedad.
Se pierde.

Él guarda la bola de cristal en su gorra de un sólo movimiento y sin tocarla con las manos. Y se acerca.

Ella le ofrece más que unas monedas. Lo deja servirse de entre sus pechos unos billetes.

Anonadado, estira su mano hacia el interior del auto. Duda. Y estira más sus dedos.

Ella goza.

La roza con sus manos transpiradas. Una gota de transpiración le recorre la frente y cae en su mejilla.

Ella gime.

Él se sobresalta, retira su mano. Está sorprendido.

Ella se acomoda, se estremece en el asiento. Abre sus piernas invitando al extraño. Se muerde el labio. Se acaricia lujuriosamente.

Él despacio vuelve a estirar su mano.

Ella lo toma con firmeza, y lo acerca.


Aceleran.