Viejas reflexiones

. 7 de mayo de 2014
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Todos somos distintos, cada día que pasa, cada persona que conocemos, cada comida que probamos, todo nos cambia, nos modifica. Y luego, hoy, somos todos esos distintos yo. Todos forman parte de uno, son agua de un mismo río. Un río que se nutre de todos ellos, un río que aprende y supera obstáculos. Un río que sigue fluyendo. Un río que se abre camino y cambia de dirección, pero que nunca retrocede. Un río que sigue siendo río a pesar de todo. A pesar de todo, el mismo río. Un río que nos une. Que une al niño, al adolescente y al adulto, en todas sus versiones, las versiones de cada día. Un río que nos hace uno.
Y el universo sigue girando, así como el río sigue fluyendo hasta que encuentre el mar y se funda en un todo con todos los otros ríos. Un día nos daremos cuenta que el río es universo también.
Todo regresa al lugar de origen. Incluso yo, aunque no sepa donde sea ese lugar, sé que en el final, cuando ya todo sea un recuerdo, estaré ahí y ya nada cambiará. Y eso me da felicidad.

(...)

La cañada de Pj'erb Rhaab - Parte 1

. 17 de abril de 2014
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El


viejo, tenía un gran libro, lleno de figuras y muchas historias. Phaj miraba atento una a una sus bellas imágenes. Fue el único momento en el que la carpa de Tgan Hagg estuvo en calma.

- ¿Ha escrito usted todos estos cuentos? preguntó Phaj.

- ¿Cuentos? ¡Cuentos! -exclamó Tgan entre risas- No, pequeño, este libro contiene la historia de los grandes héroes, los Suryes. Claro, antes que Baahi los arrastrara a la desgracia, con su gran codicia y vanidad.

- ¿Acaso escribieron la historia de una estatua? - preguntó señalando una de las figuras, finamente dibujada, con detalles en oro y plata.

- ¡Ah! Niño, ese es Kher'an Oghan. -la cara de Tgan Hagg se nubló de tristeza y melancolía- Triste, triste final de un gran héroe. Salvó el reino en innumerables batallas contra los Zajhts. Aún con sus monstruos y gigantes ferozmente armados, nunca pudieron detenerle. Gracias a él tenemos paz en nuestro reino. Blandió su espada con sabiduría; luego de una vida de defender el reinado de Shar Pbeh, no dudó ni un segundo en oponérsele cuando lo cegó la codicia y la sed de poder. Todo el pueblo lo adoraba.

- Pero tuvo un triste final -prosiguió- Cuentan que se encontraba triste porque había perdido a su amor en manos de un demonio que lo emboscó cuando él y su amada viajaban hacia el oasis de Agsen. Mató al demonio, pero no pudo salvar a su mujer. ¡Qué gran tristeza llenó su corazón! -La voz de Tgan Hagg era cada vez mas triste-

En el libro relata que al regreso del desierto, mientras recordaba su desdicha uno la podía ver en sus ojos, profundos como el más profundo de los mares. Todo el dolor y su sufrimiento podían verse. Ya no era querido entre los suyos, su tristeza estrujaba los corazones de quienes lo rodeaban, y nadie soportaba estar a su lado. Baahi, que había subido al trono tras la sorpresiva muerte de su primo, lo desterró, diciendo que en ese estado desmoralizaba a las tropas y al pueblo entero. Los que hasta ese entonces se decían sus amigos no hicieron nada por retenerlo. Lo abandonaron.

¡Y luego todo el reino estuvo embrujado! . ¡Seguramente embrujados todos!  -agregó Tgan Hagg- Kher'an Oghan solo, completamente perdido... Seguramente algún demonio, aprovechando su debilidad, lo empujó al vacío ¡sumido en la mas grande de las tristezas! ¡Una gran fuerza debió ocuparse de ello! Debe haber sido eso, si. un gran embrujo

Kher'an Ogan, el caballero dorado, el que no podía morir, no sentía afecto por la vida. Condenado a vivir su amargura, se marchó con el solsticio de verano, armado sólo con una pequeña pieza de nácar que colgaba de su cuello. Caminó por el desierto recitando su desdicha, y cada uno de los recuerdos de su amor.

Obnubilado por su desdicha caminó sin rumbo. Los demonios que habitan el desierto, lo odiaban, pero aún le temían. Con artimañas y espejismos lo condujeron a la cañada del Pj'erb Rhaab. Los demonios Kjield Hong, de corazones hambrientos como pozos sin fondo, lo cobijaron entre sus más dulces mentiras, lo acomodaron en el centro de la cañada rodeado de piedras filosas, y lo envolvieron en sus horribles halagos. Entonces, se quedaron escuchándolo, una y otra vez, contar su penosa pérdida. Alimentándose eternamente de sus pesares.

Y día a día, se fue enredando en sus engaños cada vez más, y todo su ser se fue entumeciendo, hasta no poder siquiera mover los ojos. Poco a poco fueron pasado las épocas y el bello caballero que alguna vez doró al sol, se convirtió en una gris estatua de piedra cuyo corazón inmortal destila el alimento de sus captores.

- Pj'erb Rha, un mítico lugar, tenebroso lugar -añadió Tgan Hagg- Cuando el caballero despertó del trance, ya era tarde, no pudo escapar.

Y prosiguió- La melancolía del caballero recorrió de regreso los pasos que lo habían acercado a la cañada. Atravesó el desierto, mares, montañas y praderas pidiendo auxilio. Algunos aventureros que han escuchado su llamado, dicen que es un hermoso oasis en medio del gran desierto. Grandes palmeras y árboles crecen en él. Pero no hay ni un alma que mueva el aire, ni mosca siquiera. Sólo una vegetación siempre verde, y demonios, claro. Siempre mencionan a los demonios. Y que los oscuros miserables están siempre atentos, celosos de sus presas.  Pero eso fue hace tiempo, -suspiró- y hasta los inmortales pierden la fuerza y las esperanzas. -murmuró el viejo alejándose-

- Es sólo un cuento de locos, nadie jamás ha encontrado el lugar -acotó Logh Pset, que había entrado a la carpa sin que nadie lo advirtiera. No llevaba turbante, y se lo veía contento- Ven Phaj, tengo algo que mostrarte.

28/01/2011 - 26/03/2014

. 26 de marzo de 2014
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Me abandonas y me dejas girando la moneda, no hay mas tardes con esperas, ni una noche mas en vela...

He perdido la cabeza, mancillado mi nobleza, revolcándome en tus sombras y en tus sueños no me nombras.

No pretendo ya mas que entiendas mi alegría o mi tristeza, mi dicha y mi dolor.

No te espero un carajo, es mucho mas trabajo mantener la esperanza que animarme a la resurrección.

(.en edición.)

La dinastía perdida - Parte 1

. 11 de febrero de 2014
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E n el aire, no sólo el perfume a azahares y jazmín indicaba la llegada de un nuevo equinoccio de primavera. La jungla rebosaba de hojas verdes y flores de todo tipo. Enormes bandadas de pájaros surcaban el cielo por sobre el dosel de la selva. Los monos y otras bestias daban a conocer su creciente actividad a medida que el sol se acercaba mas al horizonte. Lo que podría describirse como un concierto desafinado con gritos, aullidos y rugidos. En medio de tal despliegue de hormonas, un joven Surye dormía plácidamente recostado en la copa de una palmera. Su nombre era Phaj.

Pertenecía a una familia que lo había perdido todo. Un padre estafador, una madre con reputación de bruja, hermanos que sólo traían disturbios y problemas. Una familia modelo, en fin, lo que en India traería mas de un siglo de maldiciones. Pero, ¿qué se podía esperar de unos Suryes?

Hacía meses que no veía a sus padres, vivía en una especie de choza que había construido él mismo sobre un enorme árbol, a poca distancia de donde se encontraba ahora. Un clan de monos se movía ruidosamente entre los árboles. Pero ni uno solo de esos chillidos podría haber preocupado menos a Phaj. Sin embargo, se sobresaltó. Algo distinto se aproximaba desde el corazón de la selva. Un ruido constante y cada vez mas notorio.

En efecto, había escuchado el paso de unos caballos y, curioso por naturaleza, de un salto se encontró persiguiéndolo por lo que parecieron kilómetros. Los caballos hacían lo posible por acelerar el paso, pero las recientes lluvias habían deteriorado el único camino que atravesaba la jungla. Y era tal el estado que en algunos tramos parecían detenidos. Los soldados que acompañaban al carruaje atendían a cada movimiento a su alrededor, listos a desenfundar sus espadas, mientras que el chofer no podía ocultar el temor de quedar a merced de alguna bestia. Observaban detenidamente, pero claro, a la distancia que se encontraba Phaj, era imposible detectarlo. Ellos en cambio se destacaban considerablemente.

Phaj, simpáticamente desgarbado, ágil y permanentemente lleno de hojas y tierra, corría entre las plantas, siguiendo con la mirada un carruaje que golpeaba en cada escollo. Se movía con natural destreza, como si sus pies y manos conocieran cada palmo de la majestuosa vegetación, sin mirar, entre piedras, troncos y alguna que otra serpiente. Con la misma naturalidad que se movía en la jungla, detuvo su marcha. La cerrada selva terminaba abruptamente en enormes campos de arroz y té, que rodeaban una bulliciosa ciudadela. Ni un cosechero a la vista. Raro. Inmediatamente, sus ojos se posaron en la majestuosa mole que coronaba el horizonte.

El enorme castillo, engalanado, señalaba el comienzo de las festividades. Todo se mostraba exuberante. Las piedras de mármol gris resplandecían ante la luna como en ningún otro ocaso. Los cerámicos de colores brillaban y relucían como hermosos caleidoscopios. La guardia armada vestía sus mejores galas. Pocos recordaban haber visto tal espectáculo.

Phaj, miró al frente y pensó que las primeras sombras de la noche eran el momento ideal para esconderse entre las carrozas que entraban al castillo. Y allí fue, corriendo entre las plantas de té, que enmarcaban el camino a la ciudad. Se mezcló con las carrozas que entraban al poblado. Podía ver como la comitiva que lo había despertado caminaba lentamente por la calle principal. En la cara del chofer, casi no quedaban rastros del temor que mostrara momentos atrás. En un momento, la caravana se vio envuelta en una multitud de bailarines, con estandartes, flores y pequeñas antorchas. Desde el interior de la carroza, se asomó un joven sahib, vestido de gala, con un turbante turquesa engalanado con un enorme diamante. Phaj aprovechó la distracción de la multitud y, con velocidad y certeza, se escondió debajo del equipaje.

Atravesaron una innumerable cantidad de puertas y plazas de armas, la música se escuchaba por todos lados; en las callejuelas, plazas y salones la gente se agolpaba alegre y festiva. Se dio cuenta que estaba en el carruaje de alguien importante, porque a medida que avanzaban la música era cada vez más refinada. Y por cierto, se acercaban a los salones de la realeza. Allí, el mismísimo gran majarash, la persona mas importante de todo el Punjab, nobles de la India y otros reinos, se habían reunido para fumar, beber y disfrutar de exóticos manjares. Una fiesta colosal. Si Phaj se había quedado sin palabras con el espectáculo que pudo ver en el camino, lo que tenía frente a sus ojos lo sacó completamente de quicio.

Las mesas desbordaban de comida, la gente bailaba envuelta en trajes y vestidos de seda y velos de colores. Enormes almohadones servían de descanso para otros, que charlaban a viva voz y reían con todas las fuerzas. No había en toda la ciudad un ser desdichado. Bueno, eso no era tan cierto. Había dos personas que no estaban disfrutando del banquete. Uno claramente era nuestro amigo Phaj, que había conseguido esconderse entre unos telones que decoraban el salón. El otro era el joven príncipe. Su hermoso ropaje y turbante, contrastaban notoriamente con sus vacíos ojos verdes y su sonrisa mínima.

Estaban lejos, y la enorme fiesta los separaba, pero por esas cosas que solo la providencia conoce, Phaj y el triste sahib cruzaron sus miradas.

¡Pobre y desdichado Phaj, su alma no podía contener tanto temor y desdicha! ¡Ya podía sentir los grilletes y los latigazos de la guardia real, las ratas caminando sobre su cabeza, el hedor de los calabozos del castillo! ¡Y hasta hace unos segundos disfrutaba con todo su ser de la idea de abalanzarse sobre las sobras de tal banquete! Su estómago hacía mas sonidos que toda la banda junta, y la desdicha lo atormentaba antes de poder saborear unas migajas siquiera.

Miraba a su alrededor y no había escapatoria, soldados, príncipes y doncellas lo rodeaban. Con un sólo gesto del príncipe, sería presa fácil. Se sentía desfallecer. Volvió a mirar y su corazón se detuvo. ¡El sahíb triste ya no estaba en su enorme almohadón!

- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

Phaj estaba mas pálido que cuando había nacido. De no ser por los ruidos que hacía su panza, y la transpiración que corría por la frente de nuestro amargado ladronzuelo, el joven sahib hubiera pensado que se trataba de una escultura muy realista. Estaban los dos bajo la misma cortina. Phaj ni siquiera respiró.

- Ven, sígueme, ¡te lo ordeno! -exclamó con voz firme y segura. Estiró un brazo y abrió su enorme capa, señalando que se ocultara a su espalda. A Phaj sólo le quedaba obedecer.

Caminaron hacia el carruaje del príncipe, que se encontraba en uno de los enormes patios del castillo. Con algo de suerte consiguieron entrar ambos sin que nadie viera a Phaj. El sahib prendió una pequeña lampara. Phaj se quedó inmóvil a un costado de la puerta. La carroza era bastante grande y una pila de almohadones con bordados y dibujos de colores vivos era el mayor mobiliario. Había una canasta con frutas, vasijas y algunos objetos personales, necesarios para un largo viaje.

- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? -repitió el sahib- Soy Logh Pset maharashi de Loh'Panj, ¡me debes contestar!

Phaj no salía de su trance. No entendía qué estaba sucediendo.

¡Te ordeno que me respondas! -increpó el príncipe- O llamaré a los guardias y entonces..

- ¡No! ¡A los guardias no! ¡Por favor! -suplicó Phaj.

- ¿Entonces?

- Soy Phaj, vivo en la selva. Vine tentado por la música y las luces.

- Y la comida. Vi como mirabas la comida.

Phaj simplemente asintió, e inoportunamente sus tripas volvieron a sonar.

- ¿Acaso no te bañas nunca? Hueles a pantano.

- Es mejor así, en la selva debes ser lo menos apetecible posible. He visto...

- ¿Realmente vives en la selva? ¿Con los monos, los tigres y las serpientes?

- Si, y arañas, escorpiones, panteras...

Cuando de repente un golpe en la puerta hace que Phaj, de un solo movimiento fuera a parar debajo de la pila de cojines. Su corazón no paraba de dar saltos.

- Disculpe, su majestad, ¿se encuentra bien? -pregunta uno de los soldados a través de la puerta.

- Sólo un poco aturdido, es todo. Déjenme descansar. -ordenó Logh Pset.

- Si, mi señor - respondió el soldado, luego se escucharon sus pasos alejándose.

Mirando la pila de colores, Logh Pset sonrió.

- Realmente conoces los calabozos de este castillo, ¿no?


A primera vista

. 5 de febrero de 2014
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Cuando no tenía nada deseé 
Cuando todo era ausencia esperé 
Cuando tuve frío temblé 
Cuando tuve coraje llamé 

Cuando llegó carta la abrí 
Cuando escuché a Salif Keita bailé 
Cuando el ojo brilló entendí 
Cuando me crecieron alas volé 

Cuando me llamó allá fui 
Cuando me di cuenta estaba ahí 
Cuando te encontré me perdí 
En cuanto te vi me enamoré 




Letra y música Chico Cesar
En el corazón, por Pedro Aznar

(...)

Jazz de noviembre

. 27 de noviembre de 2013
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Stars shining bright above you,
night breezes seem to whisper "I love you"
birds singin' in the sycamore trees,
dream a little dream of me.

Say nighty-night and kiss me,
just hold me tight and tell me you'll miss me
while I'm alone and blue as can be,
dream a little dream of me.

Stars fading but I linger on dear,
still craving your kiss
I'm longin' to linger till dawn dear,
just saying this.

Sweet dreams till sunbeams find you,
sweet dreams that leave all worries behind you
but in your dreams whatever they be,
dream a little dream of me.

Stars shining up above you,
night breezes seem to whisper "I love you"
birds singin' in the sycamore trees,
dream a little dream of me.

Sweet dreams till sunbeams find you,
sweet dreams that leave all worries behind you
but in your dreams whatever they be,
dream a little dream of me.

Yes, dream a little dream of me

"Dream a Little Dream of Me" 1931, by Fabian Andre & Wilbur Schwandt. 
Poesía de Gus Kahn.


(Yes, dream a little dream of me...)

Génova IV

. 18 de octubre de 2013
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La ciudad está detenida en el tiempo, pero modernizada a la vez. Las calles repletas de gente haciendo las compras navideñas y muchos agolpándose en la feria de libros ubicada en una linda galería con el techo vidriado. Música, bailes y sonrisas en cada rincón. Incluso, me encontré con un espectáculo de tango, con orquesta en vivo. Charlé con algunos transeúntes, que se me acercaban, seguramente curiosos por mi sonrisa y mis exclamaciones de alegría y asombro. 

En los bares, lectores absortos mientras en sus mesas el café humeaba tímidamente. En las calles el bullicio. La lluvia no detiene a nadie, los paraguas salen a relucir en todos los colores. Lamentablemente mi cámara no funcionaba y sólo me queda el recuerdo de la plaza De Ferrari con su majestuosa fuente bajo el cielo plomizo, rodeada de paraguas alegres, en un despliegue naturalmente coreográfico. 

Algunos de los muros que rodeaban a la antigua ciudadela, siguen de pie, y son un excelente punto para observar la ciudad desde arriba. Las enormes escalinatas, o las pequeñas callejuelas tienen en común la belleza, las historias y la emoción. Como muchas veces me ocurriera a lo largo de Italia, cada vez que levantaba la mirada, una postal se mostraba frente a mis ojos. Las cúpulas de bronce, de mármol y de piedra, son hermosa moneda corriente. 

En un pequeño restaurant almorcé un plato típico genovés, un pescado acompañado de unos buñuelos de los que lamentablemente no recuerdo el nombre. Lo que sí recuerdo, era que el dueño del bar, me invitó unas copas de prosecco, y terminamos charlando acerca de mi viaje, de Buenos Aires y de la comida. Estaba sorprendido de que viajara solo, y con el correr de los minutos terminó felicitando mi determinación. 

Luego de una larga caminata, desde el Corso Cairoli, me encontré con la estación de Brignole, mas acorde con lo señorial y majestuoso de Génova, se encuentra en el centro de la ciudad, rodeada de parques y palacios. Mucho mas agradable y turística. Aún así, sigo pensando que haber llegado a la estación Príncipe y entrar a la ciudad por la parte mas oscura, fue una buena casualidad del destino. 

Por la noche, las calles iluminadas, la gente brindando en los bares, y un espectáculo que me sorprendió: poemas proyectados en las calles, paredes y monumentos, en homenaje a uno de sus grandes escritores, Ungaretti. Emoción a flor de piel. Felicidad a pleno. La mañana siguiente, al partir, también me encontré con lágrimas en los ojos. 

Génova cumple con creces los requisitos de una gran ciudad y su recuerdo alimenta con alegría mis ganas de volver a visitarla.

(...)

. 2 de marzo de 2013
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Hasta hace unos días 
podía arreglar la computadora usando macarrones, 
y sin dejar manchas de tuco en el piso. 

Volar a la luna era sólo cuestión de suspiros, 
algo que hacía entre rondas de mate. 

Hasta hace unos días, vos. 

Hasta hace unos días
todos los crucigramas tenían todas las palabras
y sin repetir las mas fáciles.
Podía vivir miles de vidas en un viaje de tren,
sin pasarme de mi destino. 

Hasta hace unos días, vos. 

Hasta hace unos días 
cualquier momento era un buen momento para el amor, 
y no había momentos vanos. 
Y podía preparar un postre con ananá 
y así llenarme de felicidad. 

Y no necesitaba de acupuntura o de exóticos elixires.

Y no pensaba en el futuro ni en el pasado. 

Hasta hace unos días, vos. 

Pero hasta los amores eternos pueden durar unos segundos. 

Hasta hace unos días vos.

(...)

. 14 de mayo de 2012
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Como siempre, esto es un caleidoscopio, la difracción de la realidad, de una imagen de la realidad, vista desde ángulos distintos. En definitiva es ficción, porque la realidad nunca puede ser abordada desde un número finito de ángulos. Y entonces, hay un punto en que lo real y lo ficticio se emparentan. Y en mi mente terminan siendo una pareja de amantes, caminando de la mano, en un país lejano. Un país al que no pertenecen ni por nacimiento ni por crianza. Caminan juntos, porque nadie los conoce, nadie sabe quién es quién. Juntos porque se confunden y se mezclan. Y pasan a ser uno.

(...)

Rezo por vos

. 11 de mayo de 2012
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La indómita luz se hizo carne en mí 
y lo dejé todo por esta soledad. 
Y leo revistas en la tempestad 
hice el sacrificio 
abracé la cruz al amanecer. 
Rezo, rezo, rezo, rezo. 
Morí sin morir 
y me abracé al dolor 
y lo dejé todo por esta soledad 
ya se hizo de noche 
y ahora estoy aquí 
mi cuerpo se cae 
sólo veo la cruz al amanecer. 
Rezo, rezo, rezo, rezo por vos. 
Y curé mis heridas 
y me encendí de amor 
Y quemé las cortinas 
y me encendí de amor, 
de amor sagrado. 
Y entonces rezo. 


Autor: Charly García y Luis Alberto Spinetta

(...)

Apocalipsis

. 1 de mayo de 2012
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Hace diez días que no conseguimos juntar yerba para hacer un mate. La yerba que teníamos nos duró dos semanas. La secamos al sol varias veces, con un poco de azúcar, hasta que sólo era musgo y hongos. Hemos revisado todas las yerberas y estirado todos los paquetes, hasta sacar la última pizca que quedaba en sus pliegues. Lo último que encontramos fueron cuatro saquitos de mate cocido. Que fuera solo polvillo, ni un atisbo de hoja, no nos importaba. Lo disfrutamos como si fuera el mate más rico. 

Ya no sólo se extinguió de Buenos Aires, sino que tampoco se consigue en otras provincias. Hay quienes están intentado matear con otros yuyos, pero la mayoría han sido hospitalizados. En la otra cuadra, los hippies del centro cultural probaron con hojas de fresno. Murieron todos. A pesar del cuadro, la gente sigue intentando dar con alguna hoja de efecto similar. Don Alberto aseguraba que la lechuga seca, zafa. Pero no pudo soportar la descompostura. Murió deshidratado, que paradoja.

No habíamos previsto semejante tragedia. Pensábamos que los yanquis, con sus escondites bajo tierra, con sus provisiones para la guerra nuclear y esas forradas, eran unos exagerados. Hoy los entendemos. ¿Porqué no habremos stockeado unos kilos en la alacena? 

Por las calles se murmura que se están armando grupos guerrilleros para asaltar a los que se sospecha que esconden un kilo o dos. Todos te miran con recelo. Ayer tuve que mostrar dos veces mi bolso en el tren, vaciarlo, para que un grupo de terroristas viera que no llevaba yerba. Uno me afanó mis saquitos de té, por las dudas los hubiera rellenado. 

Buenos Aires está irreconocible. La gente, con los ojos inyectados en sangre, ya no sonríe, y va con los nervios a flor de piel. Todos sospechan de todos. El temor se huele en el aire. Esto es el acabóse.

(...)

Génova III

. 20 de marzo de 2012
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Caía la noche raudamente sobre el mar de Génova. El murmullo de la gente que se movía por las antiguas callejuelas me despertó de mi trance. Las campanas ya no sonaban, era tarde. Me percaté de que en breve debería conseguir alojamiento y no me había fijado en ningún hostel.
La ciudad por la noche prometía ser un laberinto, las callecitas, pequeños pasadizos entre los antiquísimos edificios se cerraban en la oscuridad y el sonido de la lluvia era cada vez mas fuerte. El agua fría, de a momentos caía como a baldazos.
Caminé un rato tratando de encontrar los hoteles mas cercanos, los baratos semejaban mas a escondites secretos de alguna banda de piratas de la época. No encontré ninguno.
Empapado tomé coraje y entré decidido en un petit hotel, en el hall del recibidor, flores frescas, espejos y paragüero, definitivamente estaba fuera de mis pretensiones.
Me acerco al mostrador, y con una timidez apenas solapada con esfuerzo, saludo cortésmente y pregunto por un hostel. La conserje me saludó con una sonrisa cálida, y luego de un breve suspiro, me indicó que los hosteles se encontraban del otro lado de la ciudad, atravesando la estación de trenes. Y añadió "y lamentablemente no puedo recomendarte que hagas ese camino a estas horas, es muy peligroso".
Sonriendo por dentro, aprovecho esta nueva pieza de información para preguntarle por un hotel barato, "ninguno que pueda recomendarte" aclaró. Acto seguido me invitó a tomar una habitación, que obviamente excedía a mi presupuesto, me negué muy educadamente.
Se ofreció a hacerme un precio especial, por la habitación mas sencilla que tenía disponible. Le agradecí la deferencia, pero no podía aceptarle. Y así continuamos un rato hasta que en un momento previo a la irritación me dijo "este es un hotel de cuatro estrellas, las habitaciones tienen cable, ducha escocesa y contamos con desayuno continental, no puedo rebajárte mas allá de 30 euros!"
Y yo, con cara de asombro y una sonrisa de oreja a oreja le respondí, "¿30 euros, con el desayuno incluído? Entonces si!". Ambos nos reímos cómplicemente.

Génova a cada minuto me gustaba aún mas.

(...)

Despedida

. 31 de diciembre de 2011
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Cuando te vayas de aquí,
sentirás un aire frío.
No le eches la culpa al viento,
que son por tí mis suspiros.

Génova II

. 20 de diciembre de 2011
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Génova Príncipe es una estación bastante menos paqueta que la de Milano y Roma. Tiene un poco de ese sentimiento de inseguridad que quizá podemos encontrar en nuestros lares. Estaban arreglando, había andamios y la calle de salida estaba cortada. Salí de la estación y entré en una tabaquería para conseguir un mapa de la ciudad. Me costó un poco orientarme, no encontraba los carteles y no tenía muy en claro hacia donde tenía que ir.

Una ciudad rodeada de montes, con calles que van bajando hacia las costas del mar. Intrincadas callecitas que zigzagueando paseaban arriba y abajo. Mi instinto de supervivencia me señaló que debía ir hacia arriba, sin embargo algunos minutos mas tarde caí en la cuenta que debía caminar por la costa hacia el sur.

Cerca de la estación está la Villa del Príncipe, una casona de considerables belleza y dimensiones enmarcando un amplio jardín y su huerto de cara al suroeste, con lo que en algún momento debía de haber sido una inigualable vista al mar. Ahora tiene una vista privilegiada a la autostrada. Un pecado. El museo estaba cerrado, por lo que simplemente saqué unas fotos desde fuera y seguí caminando.

Bordeando el puerto fui bajando hacia el centro. En un momento me vi tentado de internarme en esas callecitas angostas, algo oscuras, y lo hice. De repente una señal de alerta se intentó prender en mi cerebro, pero hice caso omiso y seguí caminando entre inmigrantes de diversas lenguas y callejuelas que cada vez me recordaban mas a las películas de piratas. En pasillos de no mas de un metro y medio, estaban apostadas pescaderías, panaderías, almacenes y demás locales de venta al menudeo. También relojes, artículos electrónicos... Desde hacía un rato me sentía observado, pero mi cara y mis movimientos eran de asombro y embelezamiento. A medida que me internaba en esas calles, mas atraído me sentía. En una verdulería me asombré de la variedad de frutas que había, ni en Milán había visto tanta variedad. En un puesto compré una crocante porción de fainá y seguí mi paseo hacia el centro.

A medida que me acercaba alejaba del puerto, me encontré con calles declaradas patrimonio de la humanidad, cafés y restaurants antiquísimos, universidades y palacios por doquier. Era una ciudad que supo ser señorial, aún se podía sentir el sonido y el brillo de las riquezas que circularon por esas calles. A cada paso me intrigaban las personalidades que habitaron esos pequeños y barrocos palacios. Incluso conocí la facultad de Agronomía de Génova, un antiguo palacio de tres plantas con un patio central donde el sol del mediodía apenas iluminaba un ramoso limonero que habitaba en un macetón de mármol.

Seguí recorriendo las calles, absorto, sin hambre ni cansancio. Caminé por vía Balbi sonriendo a cada paso. En vía Cairoli me encontré con dos increíbles particularidades, una librería que estaba abierta desde 1810, librería Bozzi, en la que mostraba en su vitrina un incunable de la época: Una crónica de la vida en Buenos Aires. Y la otra belleza, un café, abierto desde los mismos años, cuyos chocolates, amaretis, confituras y bombones parecían saltar de las bandejas en dirección a mi cerebro. Me detuve a mirar embobado cada una de las fachadas, cada una de las puertas y, como en una revelación, vi una calle que terminaba en una escalinata justo detrás del Palazzo Bianco.

Los escalones eran cada vez mas rústicos, empinados y cansadores. Pensaba en Pina y en lo mucho que le gustaría caminar por acá conmigo. Las veredas seguían subiendo y a ambos lados, las puertas y ventanas de bellos hogares. Las casas tenían las cortinas abiertas y adentro todo era pintoresco. En no pocas se podían ver cálidas imágenes familiares, fogones y a las señoras preparando la cena. Había un olor a laurel y leña en el aire, que se mezclaba con el fresco del mar.

Seguí subiendo hasta llegar a un mirador por encima de los palacios de la vía Garibaldi. A mi espalda los montes y sus casas mirando al mar. De frente se veía el puerto de Génova; a lo lejos el faro comenzaba a destellar. Finalmente la noche estaba cayendo. A mis pies, las luces de la ciudad coloreaban las calles. El cielo encapotado, frío. Mi corazón no entraba mas en mi pecho.

Y de repente, desde todas las iglesias, sonaron felices las campanas, en un concierto navideño. La ciudad me sonreía y yo, que no podía contener las lágrimas.

(...)

Génova I

. 8 de diciembre de 2011
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Dejar Milano me excitaba. Por un lado, las ganas de dejar esa ciudad apática y superficial, me generaba un gran placer. Pero por el otro, dejar una ciudad que había caminado y en la que me ubicaba con facilidad, que me generaba cierta tranquilidad y confianza, me daba un poco de vértigo.

El tren iba bastante lleno, mi mochila y yo conseguimos un lugar en un vagón de los años 90, limpio y cómodo. El tren atravesó la ciudad, se escapó de la urbe y empezó a tomar velocidad. La mañana estaba en todo su esplendor, de a ratos un sutil rayo de sol se filtraba por entre las espesas nubes. El camino estaba nevado desde hacía rato, pero cuando nos adentramos en los montes la nieve se notaba mas mullida y generosa.

Cruzar por dentro de los montes fue una experiencia notable. Algunos eran realmente largos, la oscuridad era plena. Uno en particular me pareció extremadamente largo. Si mi corazón tuviera que medir el tiempo diría 4 minutos de oscuridad total. Los sonidos también eran interesantes. Al ingresar a los túneles se aturdían, todo lo que se escuchaba parecía desaparecer brevemente. Después la presión en los oídos aumentaba. El zumbido de los metales rozando y el aire corriendo a presión sobre la carrocería provocaba cierto grado de temor. El hecho de que no se viera nada, de nada, colaboraba a generar un clima de expectación y misterio. En cambio, las salidas de los túneles eran estruendos de luz y sonido. Parecían disparos.

En una de esas salidas estruendosas, se hizo la luz. Y las nubes, a medida que nos alejábamos se hacían cada vez mas blancas y ligeras. El sol brillaba enorme sobre Génova. El mar, podía oler el mar.

(...)

Te tengo ganas

. 11 de noviembre de 2011
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Tengo ganas de vos.
Y de experimentar los placeres más profundos.
Encontrar tu placer y divertirnos descubriendo caricias nuevas.
Derretirme en tu calor, ahogarme en tus ojos, marearme en tu boca.
Tengo tantas ganas de vos, tantas,
y de tantas maneras distintas.

Que tu cuerpo vibre junto al mío,
tengo ganas de que sudes de placer,
que gritemos juntos lo erótico de la vida.
Y olvidarnos del tiempo, de las historias,
olvidarnos toda conexión.
Tengo ganas de amarte en un universo paralelo.

Tengo ganas de vos, de recorrerte, de morderte, de acariciarte.
Y que todo el mundo desaparezca cuando me mires.
Tengo ganas de que me destruyas lenta y placenteramente.
Tantas ganas, tantas.
Que me mates y me revivas, una y otra vez.
Y si, tengo ganas de que acabes conmigo.

(...)

Campestre

. 23 de octubre de 2011
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Una mañana calurosa, húmeda, la presión seguía bajando en Buenos Aires y toda iba a parar a mis pantalones. Caminaba por un prado de manzanillas y su perfume me embriagaba. Bajo un matorral de daturas me puse a resguardo del intenso sol. Lentamente fui sumiéndome en la excitación de mi cuerpo transpirado, el perfume del campo florecido, las narcóticas daturas. Todo mi cuerpo reclamaba atención. Ya sin la remera, mi mano acariciaba mi pecho, mi cuello.
Todo me excitaba, mis fuertes manos apretaban con rudeza mi vientre, como queriendo bajarlo a tierra. Desabroché el cinto y mis manos siguieron bajando perdiéndose en mi pubis, como con cierto recelo, vergüenza, pero fuertes. El sudor caía por mi frente, rodaba por mi mentón y sus gotas estallaban en mi pecho. Diminutas se iban reuniendo para seguir su curso hacia la tierra.

(...)

I'm not the right one

. 4 de octubre de 2011
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Otra vez se cierran las nubes sobre mi. La brillosa mañana resultó ser una refulgente estrella cayendo cerca. La humedad de la primavera sólo sirvió para que los insectos renacieran por unos momentos, la implacable sequía domina mi universo. La sed, esa sed que debe saciarse con otro, esa sed de vida, comienza a secarme la garganta.

No me esperaba tu salida tan pronto. Aunque no es una salida. Es un saber, el saber que no vamos a ganar. Que no va a poder ser. Un saber de que sólo estamos prolongando la agonía. Yo sufro por los dos parece. Simplemente no te pasa nada. Culpa por lastimarme, eso si.

Sos perfecto, suele decirme. Sos todo lo que yo busco en un hombre, dice, sin embargo no te amo. La paso bien con vos pero no siento las mariposas en la panza, dice, las sentí la primera vez que te vi, cruzando la calle, con el pelo húmedo, pero nunca más.

O sea que no soy perfecto, no soy todo lo que buscás en un hombre. You said I'm not the right one. Simplemente no querés lastimarme, me tenés lástima. Me conociste, y mientras yo me enamoraba cada día un poco mas de vos, vos usabas mis mimos como parches. Eso, soy como un parche de nicotina. Una versión controlada, dosificada, de tu vicio. Pero nunca voy a ser tu vicio.

(I'm not the right one...)

Fact

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Fácil viene, fácil se va.

(...)

Meditación III

. 17 de septiembre de 2011
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Casi siempre la felicidad llega cuando uno menos se la espera. Simplemente hay que ir por la vida con la filosofía de aprender siempre, aún de las experiencias mas dolorosas. Nada ocurre sin más. No somos una tabla rasa. Podemos cambiar el universo si lo deseamos de verdad. Siempre camina, no te detengas. Sonríe. Sonríe mas.

(...)

Milano VI

. 25 de agosto de 2011
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Milano, garúa helada, gente triste... pretty much the same. Recorrimos el pintoresco barrio, entramos en algunos edificios para ver los estucados dorados, los hermosos y barrocos halls de entrada, las escaleras, los jardines con sus fuentes... de casi todos nos echaban en cuestión de segundos, pero seguíamos entrando y curioseando. Después de un rato y unas cuantas disculpas a los de seguridad, decidimos ir al museo de Leonardo, todo dedicado a la ciencia. Estaba justo del otro lado de la ciudad.

El museo era una genialidad. Incluso había un enorme submarino de verdad en medio del patio. Jugamos un rato con todas las atracciones interactivas, manejamos un par de robots y nos reímos bastante. Ya cerraba el museo y no nos queríamos ir, estábamos muy divertidos. Además, afuera nos esperaba más garúa helada, y un frío que se hacía notar. Al poco rato todo cambió, ella no estaba bien abrigada y la ropa húmeda la puso aún más incómoda. Nos despedimos después de un café, ella volvía para el centro, yo me iba a un recital.

El recital resultó ser un fiasco total. Lo único bueno eran los lásers. La música en sí era rara, pretendía ser moderna, algo interesante. El sonido era pésimo y la gente aburrida. Me quedé bastante desilusionado, y antes de que terminara me fui a un bar que parecía copado.

Aprendí después que en Milano, nada es copado per se. Si uno no le pone onda, no la esperes de los milaneses. ¡Que noche triste! Volví al hostel, Nacho estaba despierto. Charlamos un buen rato, intercambiamos celulares y nos despedimos. Mañana ya no lo vería. Milán no daba para más.

Esa mañana partí del hostel con mas esperanzas que de costumbre. Desde Milano estaba a un corto trayecto en tren a Voghera, donde los padres de Eze me esperaban para las fiestas. La idea original era estar cuatro días en esta ciudad triste y el mismo 24 viajar para el pueblo. Pero a estas alturas, quedarme en Milán no era una opción. Quería partir a toda costa, para terminar con la mala onda, la falta de sonrisas y ¡empezar a hablar un poco de italiano!

Salí junto a las colombianas, ellas iban a Venecia, era una buena idea viajar con ellas. Pero faltaba un día para la navidad, ¡no me podía alejar al otro lado del país! Cuando llegué a la estación, me despedí de las chicas y desplegué mi mapa de Italia.

Me puse a buscar y chequear los trenes. Un lugar interesante, que quede cercano a mi destino, un lugar distinto, quizá frente al mar... ¿Podría ser? Y en la estación anuncian un tren:

Génova Príncipe.


(...)

sms

. 22 de agosto de 2011
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¿Me podés explicar por qué aún después de tanto tiempo, el sabor de tu piel invade mi boca? ¿Por qué mi cuerpo se estremece ante el recuerdo de tus ojos, tus labios, tu perfume? Tengo tantas ganas de vos, tantas. Ganas de saborearte, de morderte, de enloquecerme. Tantas ganas de que me hagas gemir, perder el aliento, agotarnos juntos. Tantas ganas. Y me mata comparar al resto del universo con vos, siempre pierden...

(y no, no pudo explicar nada)

Milano V

. 17 de agosto de 2011
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En el hostel estaba Nacho, el encargado argentino, las checas se habían ido y en su lugar había unas lindas colombianas. Sólo las vi de pasada, era tarde para ponerse a charlar. Ellas habían estado de shopping todo el día y planeaban seguir al día siguiente.

Escribiendo esto recordé que no había comprado ningún regalo, ni siquiera me había puesto a mirar las tiendas de souvenires. Creo que en muy pocas ocasiones el egoísmo se presentó tan fuerte en mi vida. No pensaba en nadie mas que yo y los que me rodeaban en ese momento. Ni siquiera me compré recuerdos para mi mismo... e incluso, la batería de mi cámara estaba dañada, por lo que me dediqué a "grabar todo en el alma" como mas tarde le conté a una entrañable amiga mexicana.
Estaba fascinado con mi viaje, el real y el otro, el que no puede contarse, ese que simplemente se vive.

Cuando todo el hostel estaba en silencio, los pasajeros estaban todos en su habitación, Nacho y yo nos cruzamos a la pizzería enfrente al hostel, para ver si podíamos cenar algo. A los dos se nos había pasado la cena a mí paseando, a él haciendo renders para un laburo de arquitectura.

La pizzería estaba cerrando, en realidad era una pizzería/kebbab(¿ería?) y el que la atendía nos miró entrar sorprendido. Le pedimos las porciones de kebbab que le quedaban y unas cocas. Se ve que nos vió cara de hambre y nos ofreció llevarnos todo lo que le quedaba por un módico precio. Muy copado el árabe.

Cenamos en el hostel, nos quedamos charlando un buen rato y después cada uno a dormir.

A la mañana siguiente salgo tempranísimo a recorrer. Nevaba. La ciudad estaba de mal humor. Parece que ni los milaneses están acostumbrados al mal tiempo. O quizá sean así todo el año... Decidí ir a la Piazza del Duomo, y desde ahí recorrer. Me encontré con Danielle y fuimos a caminar por el barrio del Brera.

(...)